lunes, 8 de diciembre de 2014

El Callejón Del Suspiro


Cuenta la leyenda que a mediados del siglo XVII la capital de la Nueva España era prodigiosa en fantasmas, aparecidos y fenómenos sobrenaturales, y que en aquel entonces todas las noches un ser espantoso se aparecía en el Callejón del Suspiro lanzando horribles y temibles lamentos, que según cuentan los viejos, provocaron muchas muertes y terror entre los habitantes.


En una silenciosa y oscura noche mientras un caballero caminaba por aquel callejón, de pronto se detuvo al escuchar un extraño ruido que semejaba un doliente suspiro. Su cuerpo se estremeció y de inmediato preguntó:

- ¿Quién va?, ¿quién anda ahí?

Pero no hubo respuesta. Después de unos momentos el doloroso gemido se dejó escuchar otra vez, pero ahora en forma tan profunda que el caballero sintió un agudo escalofrío que congelo su sangre. Aquel suspiro semejaba el quejido angustioso de un agonizante. Pensó que quizá alguien intentaba asaltarlo y empuñó su espada dispuesto a enfrentarlo. De pronto, al tiempo que el suspiro se dejó de escuchar nuevamente, apareció un fantasma. El caballero gritó despavorido:

- ¡Vive Dios!, pero si no sois un ser viviente, ¡sois un muerto!

El fantasma se le acercó lentamente mientras el caballero daba pasos hacia atrás gritando que no quería tener nada que ver con seres del otro mundo, mas como el fantasma volvió a emitir desgarrador suspiro, el caballero, aterrorizado se echó a correr; dejando caer su espada, único testigo de aquella escalofriante aparición.

Pasadas algunas noches, dos borrachines alegres cruzaban por el callejón, cuando de pronto, a lo lejos, vieron a una dama. Ambos pensaron que justamente era una mujer lo que necesitaban para completar su juerga. Estaban tan borrachos que casi no podían tenerse en pie, pero de cualquier forma se le acercaron para abordarla y, cuando la tuvieron en frente, la espantosa aparición emitió aquel doloroso y terrible suspiro. Los hombres gritaron:

- ¡Es una muerta!, ¡huyamos!, ¡salgamos de aquí!

Al instante corrieron llenos de pánico hasta desaparecer en la oscuridad de la noche. En esta ocasión no hubo testigos, ya que los ebrios, aunque llenos de espanto, jamás soltaron sus botellas de vino.

Noches después, el criado del Marqués de Falces tuvo que cruzar por el extraño callejón para acortar distancia y cumplir con el encargo de su amo. Caminaba a toda prisa, cuando inesperadamente aquella imagen fantasmal le salió al paso emitiendo el doloroso suspiro. El hombre, al verla, se desplomó y callo al suelo.

Horas después, cuando los soldados de la ronda pasaron por el callejón, lo encontraron muerto.

Lo extraño es que el cuerpo no presentaba ningún signo de violencia, heridas ni golpes. Uno de los soldados explicó al capitán que eran ya varias las veces en que había visto morir a la gente de esa misma forma y seguro estaba de que ese hombre murió de miedo, además, de que al vulgo le había dado por llamar a ese callejón el Callejón del Suspiro, porque decían que ahí se aparecía un fantasma suspirando.

Tres noches después de ese lamentable acontecimiento, precisamente en la noche de Santa Eduwiges, en una de las calles cercanas al ya temido callejón, se descompuso el carruaje de Doña Delfina de Sotelo. Ella y sus dos hijos caminaban después de salir de misa de gallo y de dirigían a su casa situada en la calle de la Joya. Doña Delfina propuso acortar la distancia cruzando por el tenebroso callejón.

La familia se aventuró por el callejón, y al poco tiempo la fantasmal aparición bloqueó su paso emitiendo el espeluznante y tenebroso suspiro. Doña Delfina apenas tuvo tiempo de gritar y cayó muerta. Su hija al verla, desesperada abandonó el callejón víctima de indescriptible pánico. Corrió pidiendo auxilio y encontró a dos hombres que detuvieron su frenética carrera. La muchacha al verlos, sólo pudo balbucear, al tiempo que señalaba con su dedo hacia el callejón:

- ¡Allá en el callejón...! ¡allá...! ¡mi madre!

Y entonces se desmayó.

Los caballeros llegaron al callejón y encontraron al pequeño hijo de Doña Delfina idiotizado ante el cadáver de su madre. Sin poder explicarse el motivo de tal tragedia, llevaron al niño al cercano convento de San Francisco y dieron su parte a la justicia.

La justicia representada por el santo oficio tomó cartas en el asunto y a juzgar por las investigaciones de ese santo tribunal, ya eran once las muertes que había causado la aparición fantasmal, y ante tales hechos criminales, el oidor mayor ordenó que se buscara y apresara el alma de la mujer desconocida que solía aparecerse por el callejón que llaman el suspiro y una vez aprehendida, fuera conducida ante el santo tribunal para ser juzgada.

Los miembros de la santa hermandad llegaron al callejón e invocaron al fantasma llamándolo 3 veces, pero no respondió. Todos los ojos escudriñaron en las sombras esperando ver al ser del otro mundo, pero el fantasma no apareció. Entonces decidieron regresar al día siguiente para intentarlo otra vez.

A la medianoche del día siguiente, el aparato religioso que luchaba contra los trasgos y demonios regresó al callejón, mas llamado nuevamente 3 veces, el fantasma no respondió, ni se apareció durante varias noches, después de habérsele invocado inútilmente.

Semanas mas tarde, fray Matías de Tolentino regresaba a su convento después de haber confesado a un agonizante. Era viejo y deseaba acortar sus cansados pasos para recogerse en la quietud de su monasterio, cuando escuchó aquel tenebroso suspiro.

Fray Matías gritó:

- ¡Dios sea bendito y alabado!; ¡aparición del otro mundo que por la tierra vagas! ¡¿qué deseas de este humilde fraile?! ¡habla en nombre de Dios!; mas hazlo pronto, pues mi alma es vieja como mis huesos y no resistiré mucho tu presencia.

Y entonces, por vez primera, de la boca descarnada de aquel fantasma escapó una voz, de sonido hueco y olor húmedo de tumba.

- Mi nombre en vida fue el de Anunciación Avelar y estuve comprometida en matrimonio con don Alonso García de Quevedo.

De pronto el viejo fraile, en la confusión de su mente vio claramente la imagen encarnada de aquel fantasma, quien le relató su triste historia infiriendo la causa por la que deambulaba por el callejón. Esa misma causa había sido una pena de amor. Esta es la historia escrita, posteriormente, por el fraile:

<< Doña Anunciación estaba ansiosa por casarse pero temía que don Alonso, el novio que estaba en España, no llegara en la fecha fijada para la boda. Don Gabriel, su padre, aseguraba que don Alonso llegaría a tiempo. Desgraciadamente los temores de Doña Anunciación se hicieron realidad: el caballero que tan ansiosa esperaba, nunca llegó y jamás se supo si fue muerto o cambio de idea. Al paso de los años Anunciación fue perdiendo su vida encerrada, sin comer, y con apenas dormir. Su llanto era inagotable, y como era de esperarse, con el paso del tiempo cayo enferma. Meses después murió entre gemidos y suspiros. Los médicos dijeron que su muerte se debió a una tuberculosis provocada por la pena y el ayuno. >>

Cunado oyó esto, el viejo fraile le pidió que callase y lo dejara en paz. Que buscara a otra persona para solicitarle ayuda, pero la fantasmal figura le dijo angustiada que sólo él podría ayudarla, casándola. Consternado, fray Tolentino le dijo que no era posible casar a una muerta y a un ser de este mundo; el espectro le pidió que los casara en espíritu, porque ya estaba cansada de penar desde hacía cien años. Fray Tolentino mostrándole una cruz exclamó:

- ¿Cien años? ¡Regresa a tu lugar espíritu errabundo! ¡Yo te lo ordeno en nombre de Dios!

Entonces el fantasma se esfumó en la penumbra de la noche y el fraile emprendió el regreso a su convento.

Así transcurrieron 6 años mas sin que la santa inquisición lograra atrapar al fantasma. Les resultaba imposible apresarlo y fue entonces que decidieron tapiar el callejón.

Después de 50 años la gente se olvido del Callejón del Suspiro. 

Pero cuenta la leyenda que un día, un caballero vestido con suma elegancia al estilo del siglo pasado, estuvo recorriendo las calles cercanas a la Plaza Mayor.

Aquel caballero misterioso, angustiado preguntaba a cuanto transeúnte se topaba con él por el paradero de Doña Anunciación Avelar, pero nadie supo darle razón de ella.

Y así pasaron varios meses, hasta que una noche después de tanto caminar el caballero misterioso, sin proponérselo, llego al Callejón del Suspiro, el cual, en ese entonces había sido destapiado.

En ese momento algo llamó su atención: era la luz de una casa que se encontraba al fondo de aquel callejón; sus ojos brillaron de alegría y presuroso llegó hasta la puerta de esa casona. Tocó varias veces hasta que el mozo le abrió.

- ¿Vive aquí Doña Anunciación Avelar? - preguntó el caballero. El mozo contestó: - En efecto, aquí vive y lo esta aguardando.

El caballero entró y se quedó contemplando aquella antigua y espaciosa sala. De pronto sintió que alguien le llamaba, que le atraía poderosamente y, al voltear su vista hacia la escalera, descubrió una figura fantasmal vestida de novia. A diferencia de toda la gente, él no sufrió impresión alguna al ver a la muerta. Con gran emoción dijo:

- ¡Doña Anunciación!

Y ella le contesto:

- ¡Don alonso!

Al tiempo que extendieron sus manos descarnadas y se besaron con amor. Después, tomados del brazo como dos enamorados, salieron de la casa y se encaminaron por el callejón hasta llegar a la capilla de San Francisco. Ahí los recibió un fraile quien, en ese momento, no pudo mirarles el rostro que ambos llevaban cubierto.

El caballero misterioso pidió hablar con Fray Matías Tolentino. El fraile contestó que fray Matías había muerto hacía ya 50 años, pero que él era su sobrino y que estaba en la mejor disposición de ayudarlo; entonces el caballero le solicitó que los casara en ese preciso momento, pero el fraile contesto que sería más prudente esperar al día siguiente para realizar la ceremonia de acuerdo a las normas cristianas.

El caballero insistió diciendo que los designios de Dios eran inaplazables y que ese día por fin había llegado, para que el alma de una mujer que había estado sufriendo durante ciento cincuenta años por no haberse podido desposar a su tiempo, lograra encontrar la paz y el descanso eterno, que por favor lo hiciera tal y como debió haberlo hecho su tío hacía ya tantos años.

La boda se celebró casi en tinieblas, y como si el sobrino del viejo fray Matías de Tolentino obedeciera antiguos mandatos, procedió al casamiento y pronuncio las siguientes palabras:

- En nombre de Dios, han quedado unidos en matrimonio y que solo la muerte los separe.

- No fray Tolentino - respondió el caballero - esta vez será al contrario, las muerte nos unirá.

Y con pasos silenciosos que no resonaban en la quietud de la bóveda de la capilla, los recién casados se alejaron, mas antes de alcanzar la puerta, el fraile los detuvo para preguntarles sus nombres.

- Mi nombre es Alonso García de Quevedo, - respondió el caballero, y a la luz de un sirio, la dama dijo:

- Yo me llamo Anunciación Avealar.

El fraile, quien hasta ese preciso momento pudo ver en aquel rostro descarnado el espectro de una mujer vistiendo el traje de novia, sintió congelar su sangre y llenó de pánico gritó:

- ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¡He casado a una muerta!

Y corrió a su celda en donde hojeó un antiguo libro. Era el mismo libro que le dejará su tío en donde en donde escribió el relato aquel de La aparición del callejón del suspiro. 

Al día siguiente, los tempranos moradores de la capital de la Nueva España, descubrieron fuera de la iglesia el cadáver del misterioso cabalero y dieron parte a la justicia. Los alguaciles acudieron y entre las ropas del muerto, encontraron un documento que lo acreditaba ser don Alonso García de Quevedo.

Cuando el sobrino de fray Tolentino se enteró de la muerte de don Alonso, acudió al tribunal del santo oficio, pero pese a que llevaba con sigo el testimonio del viejo libro donde se asentaba el relato de su tío, nadie le creyó.  

Fuente: Tradiciones y Leyendas de la Colonia de la editorial Época.


sábado, 8 de noviembre de 2014

La Verdadera Leyenda de la Llorona...

La llorona es quizá una de las leyendas más antiguas y conocidas en México, y extendidas
al resto de América Latina, y como es de esperarse de una buena historia, tiene tantas versiones como se puedan imaginar: hay quienes afirman que era la antigua diosa azteca Cihuacóatl, otros que pudo haber sido la célebre Malinche o Doña Marina, la pareja de Hernan Cortés; hay otros, sin embargo, que la ubican como una mujer de gran belleza que existió durante la época del México colonial.
Pero.... ¿Cual es la verdadera historia? Bueno, esta claro que sera muy difícil que alguna vez lo sepamos, y si así fuera, dejaría de ser una leyenda, una historia de hoguera.
Sin embargo, hay algo en que todas las versiones coinciden, algo que nunca cambia, la esencia de la Leyenda, y eso gente, es lo que voy a contarles. 

Durante los primeros años del México Colonial existió una mujer indígena de gran belleza que se enamoró locamente de un español y con quien tuvo tres hijos, a pesar de ello este caballero nunca la desposó y sólo la visitaba en limitadas ocasiones. Años de ausencia más tarde, por así convenirle a sus intereses, el español contrajo nupcias con una mujer española. Cuando la mujer indígena se enteró de la traición, enloqueció de rabia y celos a tal grado que asesinó a sus tres hijos ahogándolos en un río, al darse cuenta de lo que había hecho, llena de un gran dolor, se suicidó también. Desde entonces, su alma no ha tenido descanso y todas las noches vaga por las calles solitarias o cerca de los ríos buscando a sus hijos y llorando por su muerte, lanzando gritos y gemidos capaces de horrorizar a todo el que la escuche. Todavía hoy, si se presta un poco de atención, durante algunas noches es posible escuchar su terrible lamento “¡Ay mis hijos! ¡¿Que será de mis hijos!?” que repite sin descanso, buscando el perdón de sus pecados. Si escuchas con atención a tus abuelos, hay quienes afirman, que hubo una época en que la gente no salia de sus casas después de las 8 de la noche, pues los aterradores gritos lastimeros de la Llorona estremecían hasta los huesos hasta los mas gallardos varones, solo los locos y los borrachos se atrevían a salir a las calles, envalentonados por la enfermedad o el alcohol. Y algunos de estos valientes incautos afirman que en medio de su borrachera, se sentían atraídos hacia una hermosa mujer vestida completamente de blanco, pero que al acercarse, la macabra visión los dejaba horrorizados, tanto que, se dice, algunos caían muertos del espanto. 

domingo, 2 de noviembre de 2014

Vlad Tepes, el verdadero Drácula

La literatura y el cine están llenos de monstruos míticos, figuras escalofriantes diseñadas por sus creadores para aterrar al público. Desde villanos de la complejidad psicológica de Frankenstein de Mary Shelley, hasta versiones mucho mas burdas pero no menos efectivas como el célebre asesino Michael Myers de la serie de peliculas Halloween, encontrar un buen susto en la historia de la narrativa moderna no es cosa difícil. 
De esa larga lista de representaciones del terror, ninguna puede compararse con la creada en 1897 por el escritor irlandés Bram Stoker. En un golpe de genialidad, Stoker ideó un villano capaz de combinar el canibalismo, el vampirismo y el ejercicio de la más sutil sexualidad. Representado cientos de veces en la pantalla grande y la escena teatral, el protagonista de la novela de Stoker ha habitado las pesadillas de la humanidad por más de ciento diez años. Se trata, por supuesto, del conde Drácula, el voraz vampiro de finos modales y magnética presencia que marcara el principio de la fascinación por la sangre y la antropofagia en la narrativa universal. 
Pero la historia de Drácula es terrible no sólo por el personaje ficticio de Stoker. También lo es porque, a diferencia de otros villanos de la literatura y el cine del horror, el vampiro de Transilvania  está basado en una figura que realmente existió, aterrorizando, gracias a una imaginación infinita para la crueldad, a pueblos enteros. Detrás del con de Bram Stoker se esconde un aristócrata de la Europa del este de los siglos XV y XVI, un auténtico maestro de la locura. Se llamaba Vald Tepes, príncipe de Valaquia, en la moderna Rumania. Le decían "El empalador". 
Vlad Tepes, que tuvo en un puño a la región de los Cárpatos en la segunda mitad del siglo XV, nació en 1431. Fue uno de los hijos de Vladislav II, conocido como "Vlad Dracul", o "Vlado el Dragón", temido cacique de Valaquia. La orden del Dragón gobernó aquella zona de Europa en tiempos complicados. A principios de la década de 1440, el padre de Vlad Tepes firmó, en inferioridad de condiciones, un pacto con los otomanos para garantizar el bienestar de su reino. Entre las condiciones impuestos por los poderosos turcos estaba la entrega de dos de los jóvenes hijos del soberano de Valaquia para ser criados y entrenados en tierra ajena. Ese fue el triste destino de Radu y Vlad, entonces aún en niños, herederos de la gallarda dinastía Dracul. ambos fueron criados por el sultán otomano en condiciones que, uno puede sospechar, incluyeron mucha más humillación que educación. Los dos niños eran, después de todo, hijos de una dinastía despreciada por los otomanos. Es difícil saber qué tanto habrá sufrido Vlad en manos del acérrimo rival de su padre y de su pueblo. Pero lo cierto es que, cuando finalmente volvió a Valaquia a la edad de dieciséis años, su sed de venganza había crecido de manera exponencial. Vlad quería sangre, no paz. Para entonces, su familia ya había sido asesinada de manera cruel y Vlad juró acabar con los enemigos de los Dracul. 
Al poco tiempo, con la ayuda de los húngaros, el temible muchacho se hizo del trono de Valaquia y comenzó a cobrar viejas facturas. Aunque su odio más severo estaba reservado para los turcos, Vlad acabó primero con los boyardos, el grupo de nobles responsables del asesinato de su familia. Tras convocar a los boyardos a una cena de gala, Vlad asesinó a los de mayor edad usando su método favorito: el empalamiento, que no es otra cosa más que provocar la muerte lenta de una persona encajándola en un palo, muchas veces a través del ano. A los boyardos mas jóvenes los obligó a trabajos forzados en la construcción de un imponente castillo. Muchos murieron por hambre, o simplemente agotamiento. Aquel sería sólo el principio de un reinado de sangre como pocos ha visto la humanidad. 
Después de aquella cruel lección a los boyardos, Vlad Tepes se aprestó a gobernar Valaquia con mano aun más dura. Experto en el arte de acobardar a los ciudadanos, comenzó a ejecutar a sus enemigos de manera pública y dolorosa. Era tal su afición por la tortura que, en 1459, realizó un acto que, de tan atroz, resulta difícil de describir. La pequeña ciudad de Brasov se había revelado en su contra, y Vlad Drácula no tuvo piedad. Tomó la ciudad y capturó a sus ciudadanos, mandándolos ejecutar formando una figura geométrica en lo que llamó "Un bosque de empalados". Después, mando montar una mesa justo en el medio donde comió con toda tranquilidad mientras a su alrededor cientos de personas agonizaban aullando de dolor. Ese era el tamaño de su crueldad. 
Vlad Drácula dedicó la siguiente década a vengarse de los turcos, que habían criado después de aquel pacto durante su infancia. Durante años, consiguió victorias salvajes y célebres. En alguna ocasión atrapó a los generales turcos y los abandonó en la frontera, pero sólo después de cortarles los pies y las manos. Su brutalidad se estaba volviendo legendaria incluso para la época, que de por sí no era particularmente misericordiosa. Pero no todos veían con buenos ojos la locura de Vlad Tepes. Poco tiempo más tarde, en una intriga palaciega, el cruel y joven monarca fue capturado y apresado. Se dice que fue entonces que su esposa, a la que amaba profundamente, decidió suicidarse antes que ir tras las rejas. La muerte de su mujer marcaría el resto de la vida del Drácula histórico. Encarcelado en una torre, planeó su venganza. Buscaría liberarse y cobrar aún más vidas. Y, aunque fuera brevemente, lo conseguiría. 
Vlad Tepes estuvo preso cerca de una década. Pero no desperdició ni un instante. Desde la cárcel, conspiró para ganar de nuevo el favor de la familia real húngara, única capaz de liberarlo y permitirle volver al sitio que mas amaba: el campo de batalla. Así, alrededor de 1475, el príncipe de Valaquia finalmente logró lo que quería: gracias a un matrimonio de conveniencia con una condesa húngara que le daría dos hijos, volvió a las andadas. Para 1476 ya había conquistado Valaquia de nuevo. Pero eso no lo dejó satisfecho. Sediento de venganza, emprendió una nueva lucha contra sus enemigos históricos, los responsables de los dolores terribles para su familia y su pueblo: los turcos. Pero esta vez no tuvo tanta suerte. A finales de aquel año, en una batalla cerca de la actual Bucarest, el temido Vlad Tepes fue herido de muerte por el ejército rival. El odio de los turcos por el temible soberano de Valaquia los llevó a atrocidades innombrables. Profanaron el cadáver hasta que quedo irreconocible, luego lo decapitaron y enviaron la cabeza a Estambul, la capital del imperio turco, donde el sultán la exhibió para que sus súbditos pudieran comprobar que el enemigo histórico de su pueblo había fallecido realmente. 
Pero ese fue sólo el principio de la leyenda de Vlad Tepes. A lo largo de los siglos que siguieron, la figura del príncipe de Vlaquia no hizo mas que acrecentarse y complicarse. El folclor de la región comenzó a referirse a él no tanto como un líder militar despiadado sino como un hombre con poderes demoníacos, capaz de conjurar, en batalla, el respaldo de los espíritus mas malignos. Muchos aseguraban que el espíritu de "El empalador" se aparecía en los campos de batalla, inundando de miedo a las tropas rivales. Para el siglo XVI, Vlad Tepes había dejado de ser el soberano mítico de Valaquia. Ya era, para todos aquellos que escuchaban su nombre, el vampiro de los Cárpatos. Era cuestión de tiempo para que esa leyenda llegara a oídos de un joven novelista irlandés. 
Cuatrocientos años pasaron entre la muerte de Vlad Tepes cerca de Bucarest y el nacimiento de la que sería, hasta nuestros días, la figura mas aterradora de la mitología de terror contemporáneo. Para el siglo XIX, la historia de Vlad Tepes había sido recogida en distintos libros de autores reconocidos. Una o más de estas obras alcanzaron a Bram Stoker, un escritor irlandés obsesionado con el folclor europeo. Stoker seguramente se topó con la historia de Vlad Tepes en algún libro que narraba la historia turbulenta de la región de los Cárpatos en la parte final de la Edad Media. Por si fuera poco, Stoker mantenía una amistad cercana con varios estudiosos que, como él, seguían de cerca a las misteriosas figuras que rondaron no sólo el imperio otomono sino el entorno húngaro trecientos años atrás. En cualquier caso, para finales del siglo XIX, Bram Stoker ya había comenzado a escribir una novela que tenía como protagonista a un conde transilvano que, fascinado por la vida eterna, emigraba misteriosamente a las costas de Inglaterra en busca de nuevas conquistas mortales. 
Como Vlad Tepes, el Drácula de la novela de Stoker había combatido a los turcos y estaba enamorado de las más negras artes mágicas. Desde su aparición en la Inglaterra Victoriana, al novela causó un revuelo inusitado. Su potente carga erótica convirtió al libro -y a su diabólico personaje- en objeto de polémica y culto. En el siglo que ha pasado desde entonces, el conde Drácula ha aparecido cientos de veces en la pantalla grande, siempre representado como una figura al mismo tiempo melancólica y violenta. ¿Que habría pensado Vlad Tepes de su destino como personaje de ficción? Seguramente le habría encantado. ¿Quién lo diría? A través de Drácula, el príncipe de Valaquia finalmente conquistó la inmortalidad en millones de pesadillas. 

Fuente: Historias Perdidas - León Krauze

jueves, 16 de octubre de 2014

Elizabeth Short: La Dalia Negra

Tras la Segunda Guerra Mundial, durante los años dorados de Hollywood, la ciudad californiana sufrió una de sus mayores tragedias: el misterioso y brutal asesinato de Elizabeth Short. Más de sesenta años después, su asesinato sigue impune…



Los Angeles, California. 15 de enero de 1947. El cielo de Los Angeles (EEUU) estaba encapotado. Era una mañana triste, gélida y lluviosa. Un ama de casa llamada Betty Bersinger salió de su casa situada en Norton Avenue con su hija de tres años hacia una tienda de reparación de calzado. Mientras transitaban por un solar abandonado cubierto de hierbajos y barro, en el distrito de Crenshaw, un objeto blanquecino llamó la atención de la pequeña: “¡Mira mami! La niña señalaba lo que parecía ser un maniquí de gran tamaño partido en dos. A Betty no le extrañó demasiado, pues muchas tiendas de ropa de la zona habían sido cerradas o abandonadas al no regresar sus dueños de la guerra, y era habitual encontrar maniquíes polvorientos, telas rotas u otros desechos en los alrededores. Sin embargo, una vez que madre e hija se acercaron más al extravagante “maniquí” partido en dos, el rostro de Betty se tornó blanco y el corazón le dio el mayor vuelco de su vida. Dio un alarido que pudo escucharse varias calles a la redonda. La visión era atroz. Tapó los ojos de su pequeña y huyó del lugar de pesadilla…

El pálido maniquí no era tal; se trataba del cuerpo seccionado por la mitad de una joven, las piernas por un lado, extendidas en una grotesca posición obscena y el tronco, junto a la cabeza y los brazos arqueados rodeando los hombros, muy cerca. Su rostro estaba machacado, casi irreconocible; al parecer lo habían golpeado con un bate de béisbol.  Habían cortado las comisuras de sus labios con un cuchillo, lo que le daba un grotesco aspecto de payaso loco. Sus pechos habían sido lacerados y mostraban múltiples quemaduras de cigarrillos. Había mutilaciones por todo el cuerpo, escarificaciones, hematomas… Pero eso no era lo peor. Según pudieron comprobar los primeros agentes que llegaron al lugar del crimen, Frank Perkins y Will Fitzgerald, el cuerpo había sido desangrado hasta la última gota y eviscerado, después de ser seccionado por la mitad con una precisión quirúrgica a la altura de la cintura. Mostraba señales dejadas de forma inequívoca por cuerdas, lo que llevó a los detectives a deducir que la víctima había sido atada y torturada durante un espacio de varios días. Más tarde la autopsia reveló que la desconocida joven había sido brutalmente torturada durante unas 72 horas estando consciente. El cadáver de la joven había sido bañado y su cabello teñido después de muerta, de color rojizo, probablemente con brea. El asesino le había hecho además la manicura, como si pretendiera que su víctima permaneciese bella en el más allá. En el muslo izquierdo hallaron una pequeña mutilación en forma triangular que resultó ser el lugar donde Short tenía tatuada una pequeña flor. Durante la autopsia se descubrió que el pequeño trozo de carne había sido introducido en su vagina. Demasiado enfermizo y retorcido, pero tristemente real.
La autopsia determinó que “había muerto debido a una hemorragia producida por un fuerte golpe que le causó un severo traumatismo cerebral y por las laceraciones del rostro”. Había sido además sodomizada y sometida a todo tipo de abusos sexuales, aunque sin penetración y en su estómago se encontraron excrementos humanos. A pesar de los muchos años que llevaban ocupándose de diferentes asesinatos ni el forense ni los oficiales se habías enfrentado jamás a un caso de una brutalidad semejante. En busca de una identidad El lugar del macabro crimen pronto se llenó de periodistas y agentes de la ley.
La publicación de las fotos, a pesar de que fueron tomadas muchísimas imágenes por los reporteros, fue prohibida, debido a su brutalidad. La prioridad de los detectives asignados al caso, Harry Hansen y Finis Brown, fue desvelar la identidad de la víctima. En primer lugar, el FBI probó con las citadas huellas dactilares enviadas desde California, cruzando los dedos para que la víctima estuviera fichada. Los técnicos de dactiloscopia contrastaron las mismas con un archivo formado por 104 millones de huellas. Y… bingo.
La víctima respondía al nombre de Elizabeth Short, de 22 años de edad, cabello oscuro, ojos azules y considerable estatura. Sus huellas habían sido tomadas en dos ocasiones: cuando trabajaba en la cantina del cuartel de Camp Cook, durante los años de la Segunda Guerra Mundial y tras ser fichada por la policía por encontrarse ebria siendo menor de edad.
Debido a la estrecha relación de los agentes de la ley con la prensa en la América de los años 40, muy pocas horas después hubo una filtración, lo que provocó que algunos reporteros de Los Angeles Examiner usaran una treta poco ética, más bien bochornosa, para conseguir información sobre la misteriosa Short: telefonearon al domicilio de su madre, Phoebe Short, residente en Cambridge, Massachusetts, y le dijeron que su hija –entonces el FBI todavía no le había informado sobre el crimen– había ganado un concurso de belleza. Así obtuvieron numerosos datos sobre su vida, antes de comunicarle, en la misma conversación, que Elizabeth había sido brutalmente asesinada. Ética periodística…
Pronto los periódicos comenzaron a publicar informaciones sensacionalistas sobre el pasado de la víctima, mancillando su nombre y publicando los titulares más bochornosos sobre una joven que había dejado este mundo de forma tan escabrosa. Los periodistas pronto la tildaron de “borracha”, “prostituta”, “lesbiana”… La verdad es que la existencia de la joven Short, Betty para los amigos, no había sido precisamente un camino de rosas. Nacida en el seno de una familia acomodada, en Hyde Park –Massachusetts– el 29 de julio de 1924, su padre, Cleo Short, intentó suicidarse cuando su negocio se fue a la quiebra tras el Crack del 29, que dinamitó la economía de los estadounidenses. Tras el frustrado intento de quitarse de en medio, el cabeza de familia abandonó el hogar y Phoebe Short se quedó al cuidado de Elizabeth y sus otras cuatro hijas. Durante su juventud Bettie asistía asiduamente con su hermana más pequeña, a ver los grandes estrenos del Hollywood de los años 30. Admiraba los musicales de Fred Astaire y Ginger Rogers.
Fue entonces cuando comenzó a soñar en convertirse en una estrella de Hollywood. Tras unos años en los que convivió con su padre, con el que entabló de nuevo una difícil relación –ambos parecían extraños en la misma casa–, Elizabeth aceptó el trabajo en Camp Cooke. Fue entonces cuando comenzó su interminable historia de galanteos y eróticas relaciones con diferentes hombres. Muchos de los soldados tuvieron affairs con ella y la convencieron de que tenía la belleza y el porte necesarios para convertirse en una estrella de Hollywood. Y eso intentó al menos. Viajó a Los Angeles en busca del sueño de tantos y tantos jóvenes por escapar de la marginalidad y hallar un hueco en la multimillonaria industria del cine.
Pero Short no tuvo suerte. Comenzó a relacionarse con gente peligrosa, con aquél submundo de Tinseltown –como se conoce popularmente a Hollywood– rodeado de alcohol, drogas, prostitución y mafias al que tan dado eran los actores hollywoodienses y que inspiró mil y una historia de cine negro surgidas de la imaginación de personajes como Raymond Chandler. Pero la ficción no estaba tan alejada de la realidad y los crímenes, el sexo y el chantaje campaban a sus anchas a espaldas del glamour y la ostentación de la que hacían gala las fiestas de los grandes magnates.
Elizabeth entró en un círculo vicioso que acabó arrastrándola el cine erótico de serie B y rodeándola de malas compañías. Comenzó a hacer de acompañante de personajes relevantes, lo que pronto hizo que surgiera el rumor, probablemente real, de que ejercía la prostitución. Debido a que prácticamente siempre vestía de negro, a su oscuro cabello y a sus ojos color azabache, fue bautizada por la prensa, tras su asesinato, como la Dalia Negra, quizá emulando el título de una película perteneciente al género Noir y estrenada por aquél entonces: La Dalia Azul, protagonizada por Alan Ladd y Veronica Lake y con guión del anteriormente citado Raymond Chandler.
Los periodistas ya tenían lo más importante, un nombre con gancho para el caso más polémico de la historia de Tinseltown, y entonces comenzó el bombardeo de noticias sobre sus devaneos amorosos, sus vicios y su inestabilidad emocional. Nadie la dejaba descansar tranquila.
Pero al margen de su azarosa existencia, Elizabeth se movía en un entorno al que muchas jóvenes acudían decepcionadas ante su falta de expectativas. Sin embargo, ninguna de ellas aparecía muerta… ¿Quién había asesinado entonces a Short? ¿Cuál era el móvil del crimen…?
Mientras The Washington Post publicaba titulares tan sensacionalistas como el siguiente: “La policía busca a un loco pervertido por la muerte de una chica”, el departamento policial de Los Angeles –LAPD– desplegaba el mayor dispositivo de búsqueda de la historia de la ciudad californiana.
Doscientos cincuenta oficiales realizaron entrevistas puerta a puerta en los alrededores del solar donde fue hallado el cadáver, pero se encontraron con un callejón sin salida. Múltiples pistas falsas, confesiones confusas y llamadas de desconocidos convirtieron el ritmo de trabajo de la comisaría de Los Angeles en frenético, pero sin llegar a ningún resultado efectivo.
En más de una ocasión los detectives creían estar tras la pista correcta, muy cerca del asesino, pero el tiempo pasaba y el horrendo crimen seguía impune. Betty Bersinger, la mujer que encontró el cadáver, dijo haber visto pasar poco después el faro de un coche que había acelerado al oír su grito, aunque no recordaba ningún detalle del automóvil, por lo que su declaración sirvió de muy poco a los detectives. La última persona en ver a Short con vida, aparte de su asesino, había sido el portero del hotel Biltmore, la noche del 10 de enero de 1947, a las diez en punto, cuando la vio alejarse por Oliver Street, vestida como lo hacía habitualmente, con un sweater y pantalones negros.
Al parecer el último que pasó un tiempo con ella fue un comerciante de 25 años llamado Robert “Red” Manley, que la recogió en San Diego y finalmente la dejó en el lobby del citado hotel Biltmore. Tras las correspondientes pesquisas, Manley fue interrogado durante horas por los detectives y sometido al polígrafo, prueba que pasó con éxito. Años después, en 1954, los agentes le inyectaron pentotal sódico, conocido popularmente como “droga de la verdad”, pero de nuevo fue absuelto de todo tipo de cargos, muriendo en 1986 rodeado todavía de la desconfianza de muchos. Manley fue durante un tiempo el principal sospechoso, pero no el único, y muchas personas afirmaron haber sido las autoras del mismo o que conocían personalmente al asesino.
Todas las pistas resultaron ser falsas. Pocos días después de hallado el cadáver, dos oficiales de policía que discutieron sobre el caso en un restaurante fueron señalados como sospechosos por uno de los camareros del lugar; un astrólogo preguntó la hora y fecha exactas del nacimiento de Elizabeth en comisaría y prometió proporcionar el nombre del asesino en pocos días… cosa que nunca hizo. Asimismo, otra persona pidió que tomasen imágenes del globo ocular derecho de la víctima, pues éste podría haber “fotografiado” al asesino, según una creencia muy extendida entonces entre los círculos supercheriles según la cual el ojo registraba la última imagen con la que había entrado en contacto, a modo de una cámara fotográfica.
Anécdotas aparte, la policía angelina realizó uno de sus mayores despliegues hasta la fecha para detener al asesino. Cientos de personas fueron consideradas sospechosas y cientos interrogadas por los agentes. Alrededor de 60 hombres y otras tantas mujeres confesaron ser los autores del crimen, quizá ávidos por obtener fama y gloria, aunque todos ellos se contradecían a la hora de declarar, demostrando que los datos que aportaban los habían leído en los periódicos. Junto a “Red” Manley, otro de los sospechosos con más posibilidades a ojos de los detectives de ser el asesino respondía al nombre de Jack Anderson Wilson, alias Arnold Wilson, un ex convicto y alcohólico que al parecer mantuvo una relación sentimental con la víctima.
Wilson fue entrevistado por el autor John Gilmore mientras éste recopilaba información para un libro sobre el caso titulado Severed: The truth story of the Black Dahlia Murder. El ex convicto al parecer estaba relacionado con otros asesinatos, como el de Georgette Bauerdorf, una acaudalado vividor que al parecer conoció a la Dalia Negra en la famosa Hollywood Canteen, sin embargo, nunca se pudo demostrar su implicación en ambos crímenes, ya que Anderson Wilson murió en circunstancias extrañas antes de ser formalmente acusado de algún cargo. Al igual que en el clásico caso de Jack el Destripador, la precisión quirúrgica con la que el asesino había seccionado el cuerpo de Beth hizo pensar a las autoridades que se trataba de un médico con años de experiencia. Según declaró el detective Harry Hansen, uno de los investigadores asignados originalmente al caso, ante el Gran Jurado del distrito de Los Angeles, estaba convencido de que el depravado asesino se trataba de un “excelente cirujano”.
La falta de pruebas, sin embargo, hizo imposible acusar del crimen a ninguno de los sospechosos. En 1996, Larry Harnisch, un editor y escritor de Los Angeles Timesplanteó la posibilidad de que el asesino de Short fuera el cirujano Walter Alonzo Bayley, que vivía cuando sucedieron los hechos cerca del lugar donde fue hallado el cadáver y que murió en enero de 1948 de una enfermedad mental degenerativa. Al parecer su hija había sido amiga de una de las hermanas de Elizabeth, Virginia Short, sin embargo, nunca se le pudo acusar formalmente; sin duda su imposibilidad de declarar fue una de las razones por las que fue descartado como culpable.
El caso, por tanto, sigue sin resolverse, ya hace décadas que se convirtió en la cuenta pendiente de varias generaciones de policías que, ante la aparición de nuevas pruebas, siempre pretenden reabrir el mismo. La lista de sospechosos fue tan larga como infructuosa, y en ella se incluyeron también los nombres de personajes de mayor relevancia que los citados, como el célebre Orson Welles o el gángster Bugsy Siegel, creador de Las Vegas e implicado en múltiples asesinatos a lo largo de su vida. Sin embargo, muchos de estos supuestos “sospechosos” no eran sino los protagonistas de delirantes hipótesis de periodistas y escritores varios.
Se llegó incluso a afirmar que su asesinato podría haber sido consecuencia del rodaje de una “Snuff movie”, aunque hoy día esta hipótesis es considerada poco probable. El mayor misterio en torno al asesinato de la Dalia Negra tuvo lugar cuando nueve días después del atroz suceso, alguien –probablemente el asesino–, envió a la redacción de Los Angeles Examiner un paquete impregnado con gasolina probablemente para evitar que hallaran sus huellas en el envoltorio. En su interior se encontraban algunos objetos personales de la víctima: fotografías, su certificado de nacimiento, su tarjeta de la seguridad social y su obituario. Además, alguien que decía ser el asesino utilizó letras recortadas de los periódicos que hablaban del caso para enviarle mensajes a la policía en los que afirmaba que volvería a matar.
Pero ni siquiera este desafío del asesino sirvió a uno de los departamentos de policía por aquel entonces más adelantados y modernizados del mundo para dar con el culpable. Hoy su caso permanece en la memoria colectiva de los estadounidenses, junto a otros tan célebres como el de la Familia Manson o el del Carnicero de Milkwaukee, aunque sin resolverse…
Nadie ha podido hacer justicia y devolver la integridad a una persona, la joven Elizabeth Short, que lejos de hallar en el país de las oportunidades una vía para alcanzar su sueño, encontró la muerte, tan terrible, en las calles de una ciudad de celuloide castigada por el crimen, el alcohol y la falta de expectativas de sus habitantes. No se encendieron los focos ni se levantó el telón para dar la bienvenida a Elizabeth. Su última y horripilante visión fue probablemente el resplandor de un cuchillo afilado…
Fuente: Óscar Herradón. Texto publicado en la revista ENIGMAS.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Deseo Ser Un Cordero

Una vez, no hace mucho tiempo, había un niño pequeño, que vivía con su familia en un pequeño pueblo, no
muy distinto a los otros pueblos, no muy lejos de cualquier lugar. La familia no tenía mucho dinero. El padre era albañil, la madre se ocupaba de las labores domésticas y era una gran cocinera. Todos los hijos tenían tareas asignadas: nuestro héroe era el pastor de la familia.
Todas las mañanas llevaba a las ovejas hasta los campos. Las veía pastar, se aseguraba de que no se alejaban y las protegía de los zorros, lobos y hienas indeseables. Las ovejas apreciaban al niño, así que no se apartaban mucho de él. Su trabajo se convirtió en una tarea fácil que le dejaba tiempo para jugar. Al principio jugaba con palos y piedras; formó un cuadro a base de ramas y construyó un corral, con piedrecitas como sí fueran ovejas. Pero luego los corderitos se acercaron al falso corral, para llamar su atención. Así que dejó de jugar con piedras y palos y se convirtió en un cordero más: saltaba con ellos, se revolcaba como ellos y fingía mascar los arbustos silvestres de lavanda. Era uno más del rebaño. 
Aquella noche al volver a casa pensó que se había divertido tanto jugando que desearía ser un cordero. Antes de acostarse oyó que sus padres discutían por temas de dinero. 
- Tenemos bocas que alimentar -se quejaba la madre- ¿Como vamos a conseguir comida para todos? 
- Tenemos las ovejas -la tranquilizo el padre- Tenemos un poco de dinero. Yo trabajo. Sobreviviremos. Hemos sobrevivido durante generaciones. 
Pero siguieron discutiendo, y el chico no pudo conciliar el sueño. 
Al día siguiente él y los corderos volvieron a jugar con las ovejas como únicos testigos. El chico y los corderitos corrieron, retozaron y chocaron unos con otros. Volvió a casa muy contento, pero al abrir la puerta, ansioso por contarles a sus padres lo mucho que había disfrutado ese día, los encontró discutiendo de nuevo. 
- ¿Cómo has podido prometer algo así? -preguntaba la madre-. No tenemos suficiente comida para nuestros hijos, ¿y quieres dar un banquete? ¿Es que no tienes cabeza? ¿No comprendes lo grave de nuestra situación? 
- ¿Cómo te atreves? -grito el padre a la madre- Estamos hablando del bey. Es un honor. Su presencia bendecirá esta casa. No comprendo cómo puedes pensar que no lo quieres en la casa. La mayoría de la gente moriría por disfrutar de una oportunidad igual. 
- ¿Qué ha hecho el bey por mi familia? -susurro la madre. 
El padre le propinó una bofetada. El niño corrió a su cuarto. 
Antes de dormirse, nuestro héroe rezó. Deseó ser un cordero y poder pasarse el día sin mas preocupaciones que corretear por los pastos. Deseó ser él quien les proporcionara esa felicidad. Al día siguiente despertó en el corral de las ovejas. Miró a su alrededor y vio a todos sus amigos, los demás corderos, y se sintió feliz por hallarse con ellos, por ser finalmente un cordero más. Balaban con alegría. Todos brincaban. 
El padre y la madre salieron juntos de la casa y se encaminaron hacia el corral. 
- Peligro, peligro -dijo la oveja de más edad-. Los malvados se acercan. 
- No, no -dijo el chico-. Miradme. Miradme.
- Este -dijo la madre-. Hace mucho ruido
- Parece tierno y jugoso -añadió el padre. Puso el lazo al rededor de la cabeza del niño y lo sacó del corral. 
- ¡Pobre cordero! -dijo la mas vieja de las ovejas mientras todas veían como se lo llevaban. 
- Papá, papá -decía el corderito-. Ahora soy un cordero. ¿No te parece un milagro? 
Y su padre cogió el cuchillo y le rajó la garganta. 
Y el corderito vio cómo brotaba su propia sangre. 
Y el padre le cortó la cabeza. 
Y el padre le colgó de los tobillos para que se desangrara. 
Y la madre empezó a despellejarlo con sus propias manos. Levantaba un pedacito de piel y golpeaba entre piel y cuerpo, levantaba, golpeaba, levantaba, golpeaba, hasta que por fin llegó al último fragmento de piel, en sus tobillos. Y le amputó los pies y las manos. Y le sacó las entrañas. Y su madre lo asó a fuego lento. 
Su padre esperaba. Su madre cocinaba. Sus hermanos ayudaron a poner la mesa bajo el roble gigantesco. Sus hermanas limpiaron la casa, esmerándose. Se vistieron con sus mejores galas. A la hora del almuerzo, se colocaron en fila y esperaron. La madre se preguntó dónde se habría metido nuestro héroe. Sus hermanos que probablemente soñando despierto, como siempre. Aquel crío escurridizo se había vuelto a librar de sus tareas. La familia esperó, esperó y esperó. Por fin llegó el alcalde y anunció que el bey había decidido no venir al pueblo. 
El cordero estaba dispuesto en el centro de la mesa. Toda la familia salivaba. 
- Hoy te has superado a ti misma -dijo el padre a la madre. 
- Este cordero tenía una carne particularmente suculenta -dijo la madre. 
Y el niño notó cómo su padre lo cortaba. 
- Id pasando los platos, niños -dijo la madre-. Hoy comeremos bien para variar. 
Y el niño sintió cómo sus hermanos le mordían la carne. Cómo sus hermanas masticaban jugosos trozos de él. 
- Sabe tan bien -dijeron sus hermanos. 
- La mejor comida de nuestras vidas -dijeron sus hermanas. 
Y la madre le extrajo el estómago. Sus hermanos y hermanas se pelearon por sus intestinos. 
- Toma esto, querida -dijo el padre-. Sé que te encanta. 
- Y tú esto querido -repuso lo madre-. Sé que te encanta. 
- Soy muy feliz -dijo el padre. 
- Soy muy feliz -convino la madre. 
Y el niño sintió cómo su madre le mordía los testículos. 
Y el niño sintió cómo su padre se tragaba un pedazo de su corazón. 
Y el niño fue feliz. 


La Condesa Sangrienta

En las oscuras tierras de Transilvania, los cuentos y leyendas de terror acerca de vampiros y hombres lobo se entrecruzan con la horrible y real existencia de hombres y mujeres que pasaron a formar parte de la triste historia de los asesinos en serie. Una de ellas, una condesa de alta cuna conocida con el sobrenombre de “La Condesa Sangrienta” ostenta un terrible récord de asesinatos, más de 650, en una macabra búsqueda de la belleza. No en vano se la considera la peor depredadora que haya tenido la historia del crimen.
Erzsébet o Elizabeth Báthory nació en Nyírbátor, Hungría, el 7 de Agosto de 1560 en el seno de una de las familias aristocráticas más importantes de Transilvania. Su tío Esteban I. Báthory, príncipe de Transilvania, se convirtió en rey de Polonia a finales del siglo XVI.
Elizabeth recibió una amplia y exquisita educación, aunque también estuvo en contacto desde su más tierna infancia con la alquimia y el esoterismo, prácticas ampliamente practicadas por algunos miembros de su dinastía.
En 1575, cuando Elizabeth era una joven de 15 años de edad, se casó con el conde de 20 años, Ferecz Nádasdy. La pareja se trasladó a vivir al solitario castillo de Csejthe, donde Elizabeth quedó prácticamente recluida. Ferecz era un soldado que pasaba largas temporadas en las constantes guerras que asolaban el país y sus prácticas crueles con sus enemigos le valieron el apodo de “El héroe negro”. 
La existencia de la condesa, volviéndose tediosa y solitaria gracias al encierro ordenado por su marido, comenzó lo que sería la mas sangrienta de las historias. Al principio, solo se escapaba por diversión, hecho que consiguió en varias ocasiones en las que vivió alguna que otra aventura, entre ellas, una fugaz con un excéntrico joven conocido como “el vampiro” por su extraño aspecto y vestimentas. Pero como he dicho, eso solo era el comienzo de sus extraños hábitos y su tenebrosa historia, pues, tras los muros de su castillo, la condesa se rodeó de extraños sirvientes con los que practicó experimentos brujeriles y relacionados con la alquimia. Entre ellos, una bruja llamada Dorkó y su antigua nodriza, Jó Ilona, quien empezó a aconsejar a su señora el uso de la sangre para evitar los efectos del paso del tiempo. En aquel entonces, Elizabeth empezaba sus horrorosas acciones martirizando a sus sirvientas con los más retorcidos métodos como cubrirlas de miel y dejarlas en medio de un jardín para deleite de los insectos o fuera, en el frío invierno, mientras las congelaba con gélidos cubos de agua hasta convertirlas en auténticas estatuas de hielo. En sus castillos transilvanos de Csejthe y Varannó, la Báthory tuvo todo el tiempo y la soledad del mundo para desarrollar sus aficiones hasta un grado de sofisticación sádica escalofriante.
Pasaron más de 10 años de matrimonio hasta que la condesa se convirtió en madre por primera vez de una niña llamada Anna. Tras ella vendrían Úrsula, Catalina y Pablo. A pesar de que la maternidad la alejó de sus extrañas actividades, una obsesión rondaba su cabeza desde hacía tiempo. El inefable paso del tiempo, el envejecimiento de su cuerpo, empezaban a preocupar a Elizabeth de un modo que terminaría convirtiéndose en enfermizo.
La muerte de su esposo el 4 de enero de 1604 radicalizó las actuaciones crueles de la condesa. Viuda, se dio al vicio de enamorarse de sí misma.
La locura y sadismo de Elizabeth se desencadenó cuando una de sus desdichadas sirvientas le dio un desafortunado tirón de pelos mientras la peinaba. La bofetada que le propinó su señora le provocó una herida. La sangre le salpicó a Elizabeth en la mano quien fue pronto presa de la excitación al creer que la zona de la piel manchada se hizo más tersa y blanca. A la mente de Elizabeth volvieron las tétricas palabras de su nodriza y no dudó en desangrar a la torpe sirvienta y prepararse una bañera con su sangre... En la que se sumergió. Ese sería el primero de una larga lista de asesinatos para abastecerse de la sangre suficiente que le daría la eterna juventud. En su paranoica locura no se conformó, ya que, para no frotarse con toallas que disminuyeran el efecto de la sangre, obligaba a otras sirvientas a lamerle el cuerpo. A estas más les valía no mostrar rechazo ni repugnancia pues el castigo sería peor. Torturarlas hasta la muerte fue una práctica que no dudó en llevar a cabo la condesa. En aquella espiral de muerte y depravación, Elizabeth Báthory se hizo con una serie de artilugios como un terrible sarcófago conocido como la Dama de Hierro en el que introducía a sus víctimas que sufrían el pinchazo de los múltiples clavos que recubrían su interior.
Durante más de 10 años, los campesinos del lugar veían el carruaje de la condesa deambular por sus tierras en busca de pobres muchachas engañadas con la promesa de una vida mejor a la dura existencia del campo. Y las que se negaban, eran drogadas y obligadas a la fuerza a acompañar a Elizabeth a un castillo del que a buen seguro nunca más saldrían con vida. La gran cantidad de cadáveres fueron primero enterrados con cuidado en las inmediaciones de la fortaleza, pero al final, la Báthory y sus cómplices no tuvieron reparo en dejarlos en los campos sin ningún problema. A pesar de que la población cercana empezó a sospechar de la desaparición constante de muchas de sus hijas, la alta cuna de la que provenía la condesa hizo que ésta pudiera continuar con sus prácticas asesinas de manera impune.
Pero las jóvenes muchachas se fueron terminando y la sed de sangre de Elizabeth la llevó a cometer un grave error. No dudó, desesperada por conseguir líquido para sus baños y víctimas para sus sangrientas prácticas, recurrir a chicas de la aristocracia. El rey Matías no pudo ya hacer oídos sordos a las historias dramáticas que llegaban de su pariente.
Hombres del rey, dirigidos por el palatino Thurzó, decidieron investigar el caso. Cuando atravesaron los muros de Csejthe se encontraron un horrendo espectáculo de cadáveres torturados, sangre derramada y a la propia condesa disfrutando de uno de sus depravados baños.La sentencia hecha pública el 17 de abril de 1611 condenaba a Elizabeth Báthory a ser recluida de por vida. No corrieron la misma suerte sus cómplices quienes fueron, todos ellos, ejecutados. Fue emparedada en su propio castillo, sin poder ver la luz del día, aislada completamente, con una sola rendija por la que recibía algo de comida. Aun con su reinado de terror terminado, la condesa no moriría hasta el 21 de agosto de 1614, cuatro años después de haber sido encarcelada. 

Fuente: http://www.mujeresenlahistoria.com/

jueves, 2 de octubre de 2014

El Misterio de Troya

¿Quién no conoce la leyenda de la hermosa ciudad de Troya y su caída tras el desafortunado Ilíada mezcla el mundo de los mortales y los dioses, títeres y titiriteros en la condición de la raza humana. Todos y cada uno de los protagonistas de la Iliada, desde el joven Paris hasta la bella Elena o el heroico Héctor y el celoso Menelao, actúan por designio - A veces explícito, otras oculto - de los dioses del Olimpo.
enamoramiento de Paris, el príncipe troyano, y Elena, la mujer mas bella de su tiempo? La historia narrada con maestría por Homero, el mayor poeta del mundo clásico, nos sigue conmoviendo con su mezcla única de novela épica e historia de ambición, amor y astucia militar. Como en ningún otro libro nacido de la época helénica, la
La historia de la guerra de Troya narra la huida (algunos dicen que fue un rapto) de Elena, esposa del rey Menelao de Esparta, con el príncipe Paris para luego dar cuenta de inmenso asalto encabezado por los espartanos y el poderoso ejército de Micenas (además de al menos otras ciento sesenta poblaciones griegas) contra la ciudad amurallada de Troya, regida por el magnánimo rey Príamo y su hijo, el gallardo Héctor. La historia que cuenta Homero esta llena de personajes legendarios, como Aquiles, el gran héroe griego, un semidiós celebre no sólo por su belleza sino por su habilidad sobrehumana en el campo de la batalla, una figura legendaria con un solo punto vulnerable: el talón. La valentía entrañable de los troyanos frente a la adversidad y la astucia de las tropas griegas para finalmente entrar a Troya usando un inmenso caballo aparentemente hueco, pero en realidad lleno de soldados sedientos de venganza, son parte ya del imaginario colectivo de la humanidad gracias a la pluma incomparable de Homero.
Aun así, una pregunta persiste: ¿Realmente existió Troya? Desde hace varios siglos, los historiadores de la Grecia clásica han tratado de encontrar la respuesta a esa, una de las preguntas más fascinantes de la historia humana. Existen muy pocas fuentes históricas que incluso sugieran la existencia de la famosa urbe amurallada. Después de todo, los historiadores de la antigüedad dieron por buena, durante siglos, la versión de Homero. Sin cuestionar la historia de la Guerra de Troya, grandes de la historiografía clásica, cómo el célebre Herodoto, aceptaban que la lucha entre los troyanos y los griegos había realmente ocurrido en la gran ciudad ubicada, tal y como lo había dicho Homero, en el estrecho de los Dardanelos entre Grecia y Turquía. Con el paso de los años, sin embargo, los historiadores comenzaron a dudar de lo escrito por Homero. Sin otras fuentes para verificar la fantástica historia narrada por el gran poeta, los historiadores de mundo moderno finalmente catalogaron la Ilíada como una fantástica obra épica de ficción y la descartaron como lo que había sido considerada durante siglos: la narración de un hecho real, quizá el más extraordinario enfrentamiento bélico de la Edad de Bronce.
Pero Troya estaba decidida a evitar el olvido histórico. Para el siglo XIX, varios estudiosos comenzaron a leer con nuevos ojos lo escrito por Homero. Empezaron a encontrar referencias ocultas y fidedignas; sitios que, con el paso de los años, habían sido descubiertos tal y como Homero los había identificado en su magna obra poética. Para mediados del siglo XIX, varios arqueólogos comenzaron a entretener la posibilidad de retomar la búsqueda de la Troya histórica, un lugar que, por milenios, había sido catalogado como obra de la fantasía, un lugar tan irreal como quizá lo fue la Atlantida, Camelot o algún otro de los sitios legendarios que han capturado la imaginación de la humanidad desde siempre. La atención de los estudiosos se concentró en Hisarlik, un monte señorial en la moderna Turquía. Ahí, a finales del siglo XIX, ocurriría un auténtico milagro arqueológico.
El hombre que se encargaría de tratar de descubrir las ruinas de la supuesta ciudad de Troya en Hisarlik se llamaba Heinrich Schliemann, un excéntrico millonario originario de lo que ahora es Alemania. Tras dedicar su vida a la conquista de aventuras y dinero, Schliemann decidió tratar de encontrar el sitio que había obsesionado desde pequeño, desde que leyó la Ilíada de Homero. Tras estudiar a fondo el mundo clásico durante su edad adulta, el arqueólogo en ciernes se trasladó a Grecia por primera vez cuando estaba a punto de cumplir cincuenta años de edad. Maravillado por el paisaje del lugar con el que había soñado por tantos años, Schliemann comenzó a planear su más osada aventura: el descubrimiento de Troya. Mucho ayudó su encuentro con un hombre llamado Frank Calvert, el pionero de las excavaciones en Hisarlik. El conocimiento de Calvert terminó de dar forma a la determinación de Schliemann. Calvert había ya revelado rastros de algo, de algún tipo de ciudadela en el monte de Hisarlik. Schliemann estaba seguro de que ahí, bajo el suelo turco, estaban las huellas de la mítica ciudad de Paris y Elena, donde Aquiles había encabezado a las tropas Troyanas y Príamo había llorado a Héctor.
Schliemann y un equipo de jóvenes arqueólogos aficionados comenzaron a excavar en Hisarlik a principios de la década de 1870. La ambición desmedida de Schliemann lo llevó a cometer errores e imprudencias que, de acuerdo con estudios posteriores, podrían haber dañado vestigios ancestrales. Pero Schliemann no tenía tiempo para el cuidado de las ruinas. Tenía prisa porque albergaba una, y solo una obsesión: encontrar alguna prueba de que ahí, bajo sus pies, estaba Troya. Y entonces, a finales de 1873, las ruinas de lo que al parecer era la antigua ciudad, le regalaron a Schliemann (Y al mundo) un tesoro deslumbrante.
Cuando Schliemann empezó a cavar en Hisarlik jamás pensó encontrar un botín de gran valor. Seguramente soñaba con hallar algún vestigio que le permitiera aventurar la teoría de que ahí, en ese sitio en los Dardanelos, había existido una gran ciudad que correspondía a las descripciones hechas por Homero miles de años antes. La vida, sin embargo, le deparaba una sorpresa sólo comparable, quizá, a la que décadas después vivirían los arqueólogos encargados de hallar la tumba de Tutankamon en Egipto. Para 1873, Schliemann ya había encontrado los restos de varias ciudades construidas una sobre la otra (al final se descubrirían huellas de nueve distintas ocupaciones del monte de Hisarlik). Pero fue en mayo cuando Schliemann encontró el tesoro que lo convertiría en una celebridad mundial.
Durante una excavación junto a una pared de una construcción que el propio Schliemann describía como "El palacio de Príamo", el equipo de arqueólogos halló un artículo de cobre.  Sería el primero de muchos objetos que verían la luz después de milenios. En lo que con el tiempo se conocería como "El tesoro de Príamo", Schliemann catalogó objetos tan fabulosos como lanzas, escudos, botellas de oro, vasijas de plata y joyas que, usadas por Sofía, la esposa de Schliemann, dieron la vuelta al mundo en fotografías célebres. Para el arqueólogo, el descubrimiento del tesoro era la prueba culminante de que aquel monte en la moderna Turquía había vivido un pueblo sofisticado. A los hallazgos de Schliemann se suman datos asombrosos: en los rastros de las ciudades de Hisarlik re registra un periodo de violenta destrucción. Y aunque algunos suponen que esa evidencia se relaciona más con un terremoto que una guerra, la duda queda: ¿Realmente estuvo alguna vez la magnífica ciudad de Troya en monte Turco de Hisarlik?
Para finalmente saber a ciencia cierta si Troya estuvo en Hisarlik es necesario también averiguar si otras partes de la narración de Homero realmente pudieron haber ocurrido. Uno de los elementos centrales de la historia de la Guerra de Troya es el famoso caballo de Troya, usado por los soldados griegos Príamo, París y Héctor. Para muchos, el caballo troyano es el elemento más fantasioso de toda la narración homérica. ¿De verdad es posible construir un armatoste de madera de tamaño tal que pueda albergar al menos a un par de decenas de soldados? Increíblemente, parece que sí. Varios documentos históricos dan fe de enormes máquinas usadas para romper los portones de las ciudades que eran atacadas por las fuerzas griegas u otras de la época. No es imposible, entonces, que el caballo de Troya realmente haya existido en el periodo descrito por Homero en la Íliada. 
Pero, ¿Qué tan seguro es que Troya haya estado realmente en el monte de Hisarlik en Turquía? Heinrich Schliemann murió convencido de que había encontrado el sitio real donde se había escenificado la batalla mas famosa del mundo clásico. Durante buena parte del siglo XX, sin embargo, la arqueología mundial vio la teoría de Haserlik sobre Troya con mucho escepticismo. Todo eso cambió a partir de los años ochenta, cuando un grupo de arqueólogos encabezados por el profesor Manfield Korfmann, hallaron vestigios de una batalla en la zona y evidencia de que la ciudad había sido mucho mas amplia y poderosa de lo que se pensaba hasta ese momento. Los descubrimientos de Korfmann, que coincidían también con el periodo de la Troya Homérica, finalmente llevaron a la UNESCO a identificar a Hisarlik como patrimonio de la humanidad y a la gran mayoría del mundo a creer que ahí, en el corazón de la Turquía moderna, descansa la ciudad mítica que alguna vez presenció el combate entre Aquiles y Héctor, el amor de París y Elena, y la furia de mil barcos griegos, sedientos de venganza.

Fuente: Historias Perdidas de León Krauze.